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LOREENA MCKENNITT

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LOREENA MCKENNITT

Un hada en la arena

Escuchar la música de Loreena McKennitt tiene el don de la regresión a vidas anteriores. Su elaboradísima música místico-folclórica, de culturas transmarítimas, se escucha tanto con los sentidos como con el alma. La canadiense actuó el viernes en Granada en un magnífico concierto que nos narra Juan Jesús García. Hoy domingo podremos disfrutar de su música en Noches del Botánico de Madrid.


Redactor  JUAN JESÚS GARCÍA  |  Granada, 07/07/2019


La cantautora LOREENA MCKENNITT dio el viernes en Granada un concierto esperado desde hace más de diez años, los que hacía que la canadiense no se dejaba escuchar por aquí, precisamente una ciudad importante en su mapa de sensaciones inspiradoras, como ha relatado en diversas ocasiones y contó nada más salir a escena. Ciertamente la plaza de matar toros no es aquel Generalife (ni el Palacio de Carlos V) donde grabó en directo uno de sus discos (y vídeos, ahora comprado por Netflix) más celebrados, pero siempre con las estrellas por techo la delicadeza evocadora e ingrávida de sus canciones se recibe mucho mejor que en los impostados auditorios cubiertos donde ha estado otras veces.


Hubo un tiempo en el que como resaca del Punk y el Metal y de la progresiva madurez de la audiencia, se puso de moda una música, en realidad un dispar cajón de sastre llamado New Age, en el que junto a la electrónica planeadora o la vanguardia clásica más minimal figuraban el sinfonismo "light", el folk vaporoso, las melodías terapéuticas más "govindas", el jazz paisajístico, los cantos de ballenas... y cualquier tipo de música ambiental con amables efectos para el espíritu o de autoayuda en la era de Acuario. Nombres sin nada en común como los de Mertens, Loreena, Enya, Nyman, Kitaro, Vitale, Vangelis, Suzanne Ciani... se hicieron muy populares, incluso un estadounidense llamado Raphael, cuya presencia en Granada llenó de divertidos equívocos (obviamente él no era "aquel") el Manuel de Falla. La arpista de Manitoba fue uno de los nombres que más lejos llegó, literalmente porque sus viajes por todo el mundo nutrieron sus discos, y más prosaicamente con millones de discos vendidos (diez solo de 'An Ancient muse').


Con una década ya más vivida, su público no ha decaído nada, si bien no es suficiente ya para llenar su actual y escasamente glamouroso emplazamiento: unas 4000 personas acudieron, sentados como procede respetuosamente entre adultos, a la llamada de este espíritu errante. Eso sí, audiencia exactamente igual de receptiva y agradecida a su musa que antaño, porque lo de esta mujer representa la más pura esencia concentrada de las hadas, y su música sugiere calma interior y equilibrio emocional, proponiendo pasar al otro lado de la pantalla de la imaginación donde habitan los seres más mágicos e ingrávidos. Las "almas perdidas" que titulan su último disco.


Fuera de programa y de horario se escuchó al dúo formado por la violinista colombiana Alejandra Torres (¡10 años en la filarmónica de Viena!) junto al percusionista venezolano Roberto Quintero, "amenizando" el acomodo del público con su versión caribeña de las estaciones de Vivaldi.


El escenario esperaba, y cuando se encendió la canadiense fue recibida con una ovación demorada mucho tiempo. Sonido perfecto. Y la iluminación fue, como esperábamos, bellamente atmosférica: azul oscuro con un toque de púrpura y rojo, destacando sobre el riguroso fondo negro varios candelabros encendidos que aportaban un toque catedralicio a la visión. Nada de proyecciones ni distracciones, solo una claridad coloreada que no perturbaba la potencia evocadora de su música, sino que apoyaban su intención relajadora con sutileza y elegancia.


La canadiense nos llegó acompañada por sus fieles Brian Hughes (guitarras, bouzouki, oud), Hugh Marsh (violín) y la aplaudida Caroline Lavelle (violonchelo, vocales), que llevan con ella toda la vida (ya estuvieron en La Alhambra y el Palacio de Congresos), contando con dos socios más en la rítmica; reservándose ella el arpa, el piano, el sinte y el acordeón, y haciendo de su voz su mejor aval. Una formación que arrimó la música atlántica y brumosa de la cantautora al sonido templado y seductor del Mediterráneo, con una embriagadora mezcla de aromas de todos los mundos, que invitan sobre todo a la paz, con uno mismo y con los demás.


Escuchar a esta mujer tiene el don de la regresión a vidas anteriores. Su elaboradísima música místico-folclórica, de culturas transmarítimas, se escucha tanto con los sentidos como con el alma, invitando a dejarse llevar por paisajes ancestrales llenos de míticos aventureros personajes en parajes románticos e inexplorados. Su exquisita voz es magia pura tocada por una varita con poderes casi sanadores, y cuando abraza el arpa el mundo puede pararse que no se baja nadie.


En su discografía ocupa un lugar determinante la trilogía 'The visit', 'The mask in the mirror' y 'The book of secrets', álbumes conceptuales cuyo hilo conductor es un peregrinaje contemplativo y sin calendario, un cuaderno de viaje por regiones de tradiciones artúricas, celtas, marroquíes y españolas: en 'The Dark Night Of The Soul' canta a San Juan de la Cruz, 'Santiago' se refiere a la catedral gallega, y en 'The Mystic's Dream', con la que abrió, reinterpreta la tradición sufí a partir de La Alhambra; a las que hay que añadir 'Spanish Guitars & Night Plazas' (¡tocada con un bouzuki!) que también surgió de sus paseos granadinos. De su exploración por el Oriente Norte y los países del Índico dará buena muestra próximos discos ya anunciados.


A pesar de que se trataba de una gira de presentación de 'Lost souls', un registro calificado de "continuista", hubo de todos y para todos, con momentos destacables en 'Marco Polo' y 'Marrakesh' al principio. No faltó obviamente justo en el centro 'Lady of Shalott', con su aire de baile cortesano, apoyando las dinámicas de los temas entre sí para conseguir mayor efecto, en este caso con 'The Old ways', como antes 'Santiago' y 'Dark Night' se apuntalaron, y permitiendo descansar la voz en instrumentales briosos como 'Manx Ayre'.


El concierto se iba cerrando por el camino de las brumosas baldosas "celt-ibéricas" con el 'Tango to Évora', camino de un final tan mágico como lo ya escuchado. Haberlas haylas, y a veces las hadas bajan a la arena.

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