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BILBAÍNA JAZZ CLUB

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Bilbaína Jazz Club | 1906 | Subverso


BILBAÍNA JAZZ CLUB

¿Y tú qué quieres ser de mayor?

Hace escasos días, la Bilbaína Jazz Club lanzaba la campaña de donación #SOSBJC para salvar una asociación que lleva 27 años organizando conciertos de primer nivel, en manos de sus gestores Gorka Reino y Carlos Gracia ''Tato''. Hemos pedido a otro muy activo gestor cultural, David Alonso, de Subverso, sus impresiones sobre la complicada situación de salas, asociaciones y productoras culturales en nuestro país. Esta es su opinión.


Redactor  DAVID ALONSO  |  Bilbao, 21/01/2018


"Es como hacer "toc-toc" en una pared durante 25 años y de repente, oír que hay alguien al otro lado que me lo devuelve", me dijo Gorka, pensando que yo le regalaba algo a él y no al contrario.


Tenía una cita a las cinco de la tarde en Bilbao, con un tal Gorka y un tal Tato, programadores de LA BILBAÍNA JAZZ CLUB. Andaba yo de maratón masoquista, de Madrid a Barcelona de allí a Bilbao y de vuelta a Madrid en dos días, a tiempo para entrar a trabajar. Intentaba sacar adelante un proyecto cultural de locos: enseñarle al mundo el gran descubrimiento reciente que me había vuelto loco a mí, la increible nueva generación de nuestro jazz. Eso tan cool y underground que nos llega ahora de Londres.


¿Para qué? ¿Quien me mandaba a mí castigar mi cartera, mi vida personal y mi ciática de aquella manera por algo que para cualquier otro sería un mero hobby?


Meses antes, sobre el escenario de uno de nuestros conciertos, Antonio Lizana había dicho acerca de nosotros (de Subverso) que en ocasiones, nos encontramos en la vida con locos que se tornan en genios cuando sus ideas triunfan.


En mi búsqueda de aliados, tras miles de llamadas y correos electrónicos, portazos en la cara y alguna que otra alegría, me encontraba frente a la puerta del local de la BJC, preparado para enfrentarme a programadores duros, de esos que parece que vienen de vuelta de todo, que ante la mínima flaqueza te tratarán con condescendencia si tienes suerte y te acompañarán a la puerta.


Una hora después, había aprendido más que en tres años de duro trabajo. Aquellos tíos me sometieron a una descarga de conocimientos enciclopédicos, de anécdotas, de consejos y perspectiva de tal magnitud, que recuerdo sentirme como Edmundo Dantés al conocer al Abate Faria y salir de allí, cinco horas más tarde, convertido en el Conde de Montecristo.


Por aquel local, si queremos usar un eufemismo diremos que "humilde", habían pasado gigantes del tamaño de Mehldau, Colina, Rossy, Aaron Parks, Aurignac, Mezquida... Aquellos tíos habían construido cultura con sus propias manos, habían traído a verdaderos referentes internacionales a la ciudad y al país solo porque Bilbao tenía que disfrutar de algo tan bueno. No para enriquecerse, ni para mantener su puesto como lo harían algunos cargos públicos, sino para ofrecerselo a la gente, para compartir. Además, al contrario de la deriva actual, en la que toda música que ose existir debe orbitar en torno a grandes festivales que lo devoran todo como agujeros negros de monstruosa gravedad, Gorka y Tato eran muy conscientes de que la cultura se hace desde abajo, impulsando proyectos de jovenes creadores que ahora son referentes, alentando curiosidades y movimientos que viven en nuestras ciudades. Cultivando. Haciendo cultura.


"¿Cuanto se podría hacer en una ciudad invirtiendo una parte de esos presupuestos millonarios en salas, en iniciativas, en involucrar a la gente, en lugar de convertirla en el espectador pasivo de un espectáculo masivo?" Me preguntaba Gorka, cogiendo aire tras la última rafaga de batallitas y risas, mientras Tato asentía con la cabeza. Recuerdo esto mientras veo en redes sociales que seguramente U2 esté en Madrid justo el día en que se celebra uno de los proyectos que coorganizo.


Y sabían de lo que hablaban, porque ellos habían conseguido 27 años de triunfos. Habían generado una escena, a base del rigor y la sapiencia que solo tiene un friki de lo suyoy que les faltan a muchos burócratas clientelistas. Con el saber hacer de un profesional que, tras veinticinco años de exitos había tornado de loco a genio.


Todos podemos recitar de memoria lugares que marcaron la historia de la música, supongo que dentro de 30 años alguien hará un documental de esos con un montón de nominaciones sobre la Bilbaína Jazz Club y será trending topic entre los modernos de la época.


Casi todo lo que hoy late en nuestro jazz ha pasado "por" Gorka y Tato, en sentido físico y causal. Solo tienes que pasearte por su web para poder escribir una "Historia reciente del jazz en España". Quizás no sean tan transversales, multidisciplinares, intergénero o intergeneracionales como los miles degestores culturales que dedican en España el 90 por ciento de su tiempo a conseguir una subvención. Quizás sea que el jazz no tiene peso en nuestra cultura, o quizás más bien sí que lo tiene, pero no defiende ninguna bandera.


Aquella tarde me di cuenta de dos cosas. De que el verdadero underground era eso, crear cultura con tus manos "sin más ostias" y de que en Subverso no estabamos solos, acabábamos de descubrir que teníamos un hermano mayor, un hermano que había conseguido logros con los que nosotros soñabamos, en una epoca en la que no había redes sociales, ni correos electrónicos, ni Internet, ni whatsapps, ni siquiera móviles.


Hace más o menos dos años la publicación Kulturaldia hizo algo muy interesante: reunió en torno a la misma mesa a diferentes actores culturales de la ciudad vecina, Donostia, una ciudad con una riquísma tradición, cuyos festivales de jazz y de cine y cuyo conservatorio se cuentan entre los mejores del mundo, con un impresionante centro de arte contemporáneo, la Quincena musical, Capital de la Cultura Europea... pero que adolece, según algunas opiniones, de una suerte de ataraxia cultural. Muchos echan de menos algo de subcultura, de alma rabiosa sedienta de estímulos, lo que contrasta con el nivel económico, cultural y el atuendo de sus jovenes, pero más aún con la cantidad de iniciativas de colectivos como Oreka, Bandabat, Nimu, Dock of the bay, o los valientes Alex y Sebas de la sala Dabadaba.


"¿Que debe hacer Donostia Kultura ante esta supuesta situación?" Les preguntaron. Uno de los contertulios, perteneciente a un colectivo cultural ciudadano respondió: "Desaparecer". Entiendo que fue un recurso dramático, una hipérbole que en el fondo significaba no monopolizar la cultura de la ciudad, no competir con la iniciativa ciudadana aplastándola, saber retirarse y dejar espacio, ser permisiva en ocasiones, no acribillar a impuestos o normativas y estar atenta para echar una mano cuando una iniciativa que demuestra un bagaje real lo necesita. A todos se nos viene a la cabeza la idílica imagen de ciudad europea en la que colectivos culturales con criterio gozan de espacios, de impulso, se les deja hacer y se integran de forma orgánica, complementando la cultura institucional.


Hablo de Donostia porque fue allí donde transcurrió esta conversación, no porque no sea una ciudad cuasiperfecta, lo que seguramente es otro factor a tener en cuenta (o quizás el mismo): puede que haga falta un poco de decadencia para que germine una subcultura.


Dice el protagonista de la película argentina 'El ciudadano ilustre', ante un alcalde que solo quiere "salir en la foto": "¿Defender la cultura? Siempre la consideran como algo débil y frágil que necesita ser protegido y subvencionado, cuando en realidad la cultura es algo indestructible, que sobrevive a cualquier hecatombe".


Digo yo: déjenla en paz a la cultura, pero si ya la han acuchillado a impuestos y cánones, la han normativizado, incluso penalizado, desterrado y canibalizado con la cultura institucional, ahora tienen la oportunidad de arreglarlo.


Hablar es muy fácil. Soy consciente de la dificultad de la tarea y del mérito de muchísimos responsables culturales, pero cuando algo es tan evidente como el caso de la Bilbaína Jazz Club uno no puede por menos que decir: ¡Señores responsables institucionales, marcas patrocinadoras, ciudadanos! Tienen delante de sus narices la oportunidad de hacer algo grande con muy poco, algo trascendental. Es el momento de echarle un par de troncos a esta locomotora que funciona sola y que ya ha demostrado todo lo que tenía que demostrar. Es el momento de definirse como sujetos a los que les importa su comunidad o como individuos que van "a lo suyo", sin entender que eso "suyo" se pudrirá también si no lo cuidan. Y si no lo hacen "no se lo perdonaremos jamás".


Por mi parte, como tantos otros gestores culturales masoquistas, o más bien simplemente ciudadanos que quieren compartir, me quedo a la espera de saber si la Bilbaina Jazz Club sigue adelante o tengo que perder la fe en mi comunidad. Como en esas novelas fantásticas en las que avanza La Nada y se muere la esperanza, si se muere la Bilbaina JC se morirá gran parte de la esperanza en muchos de nosotros.

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