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GÓLGOTA PICNIC

GÓLGOTA PICNIC

Un mensaje que no cala

Su mensaje no cala, aburre, el espectador se cansa ante la densidad y sobreexplotación de las ideas básicas, y eso a pesar de la tensión que pretenden crear y de una original escenografía.


Redactor  MIGUEL ANTONIO HURTADO  |  Madrid, 18/01/2011


Lo de 'GÓLGOTA PICNIC', salvadas las recurrentes alusiones a lo irreverente o insultante de su discurso, al jifero lenguaje, a la trasnochada ridiculización, escarnio o mofa del cristianismo y sus iconos o al uso repulsivo del lenguaje corporal, nos podría llevar a unos comentarios fáciles de lo correcto y admisible en una obra subvencionada por el Estado. Pero lo de 'Gólgota Picnic' se queda ahí, en el uso de la radicalidad, para lanzar un mensaje sobre la sociedad decrépita capitalista, la muerte y la religión. Su mensaje no cala, aburre, el espectador se cansa ante la densidad y sobreexplotación de las ideas básicas, y eso a pesar de la tensión que pretenden crear y de una original escenografía con miles de bollos de hamburguesa (en alusión al milagro de la multiplicación de los panes y los peces) en el suelo, una pantalla gigante con interesantes videoproyecciones en directo de primeros planos de los actores donde podemos recrearnos en el rumiar vomitivo, los desnudos integrales y las poses extremas, o el embadurnamiento en pintura de los actores al mas puro estilo La Fura dels Baus.


Radicalidad al máximo cuando la segunda parte de la obra es la representación en casi una hora de piano a cargo de un desnudo Marino Formenti de 'Las siete últimas palabras de Cristo' de Haydn. La fuerza expresiva y corporal de la primera parte queda apagada con un piano que hastía (salvo que seas amante de la música clásica) y que el público usa para abandonar la sala. Hubiera cerrado muy bien con solo la última pieza y el boom final videoproyectado. El intento de descontextualizar el piano queda en eso, en un fallido intento amparado en la excusa vanguardista.


El "ponemos en conocimiento del público que algunos conceptos religiosos o imágenes pueden herir su sensibilidad" con el que se publicita está obra de Rodrigo García nos parece más una cortina de humo para justificar una obra más propia de las salas alternativas de Lavapiés que de un María Guerrero. Lo mejor, la interpretación de Núria Lloansi y el piano de Marino Formenti, a pesar de que su inclusión en esta obra no ayuda nada.

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