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LOQUILLO

El creyente se confirma

Un concierto tamaño grande de Loquillo es una sesión huracanada de rock. Así volvió a ser en el regreso, el pasado fin de semana, de José María Sanz y su cuadrilla de allstars al Palacio de los Deportes de Granada (lugar donde grabara su álbum 'El creyente'). Un gran concierto que nos detalla Juan Jesús García.


Redactor  JUAN JESÚS GARCÍA  |  Granada, 25/10/2018


LOQUILLO pisa de tacón, y por donde pasa deja su huella, al parecer imperecedera. En Granada todavía las hay, fosilizadas ya de su primer concierto, en el mismo escenario que había pisado Miles Davis en el Estadio de la Juventud, y que en vez de ser venerado para la posteridad se derribó tras una lastimera decadencia. Luego se subiría al mismo de los Stones, Who y compartiría micrófono con su admiradísimo Johnny Hallyday. Y es que Loquillo fue un clásico antes de que se normalizara el término; yendo más allá y parafraseando al no menos grande Gila, eso le debieron decir a su madre al nacer: "Señora, ha tenido usted a un clásico".


Como los asesinos y los carteros, los rockeros también repiten visita allá donde gastaron su energía. Y el Palacio de Deportes de Granada es un buen sitio al que regresar tras haber grabado 'El Creyente', uno de los muy escasos discos (con el de "despedida" de Miguel Ríos, y el pirata de 091) que allí han quedado registrados para la posteridad. Así que tendría que volver en esta gira en la que festeja las cuatro décadas en el oficio, que ya es una barbaridad en este país donde músicos y "titiriteros" viven (o mejor malviven) en la cuerda muy floja.


Me copio de aquel concierto, en el que el ambiente refrendaba que Loquillo volvía a recuperar su brillo de estrella del rock and roll tras haber pasado algunos años en los que él, y sus "compañeros de viaje", pagaron la factura generacional cuando el péndulo de la popularidad se quedó en tierra de nadie. Él, en vez de refugiarse en la nostalgia de los conciertos colectivos, del alimenticio tipo 'Mágicos 80' o reflotando marcas postizas, apechugó abrazado al timón, con el brazo levantado y el índice al frente como Colón, señalando al futuro y más allá. Es decir, a hoy. Ha rearmado la nave del pájaro pirata en el pabellón, enrolado una marinería fresca y con ganas, y buscado los vientos favorables, con el respeto que da haber estado "ahí", y ejercer el sabio magisterio.


Los alrededores del Palacio cambiaron el habitual paisaje de chavalería nerviosa por los ídolos de la canción romántica por el negro y el vaquero de pitillo, llaveros con cadena, tupés y patillas ya canosas, así como alguna "choper" marcando el territorio, y nada de plásticos abandonados, que el público de Loquillo gasta codo en barra y no tiene el paladar ya para brebajes marca Hacendado. Un nivel señores/as. Un público que es parte esencial de lo que se conoce por Loquillo, como su banda de allstars con José María Sanz en la proa. Él asegura que siempre coge a los mejores, también a su audiencia, que le manda kilovatios de energía para que desde el escenario vuelvan amplificados con ritmo, estribillos cantábiles y pose, mucha pose. Actitud de rock and roll, precisamente la canción con la que abre sus conciertos. Es lo que hay, y al que no le guste que se vaya a ver a Pablo López.

De esa receptividad se benefició Nat Simons, invitada para algunos conciertos de esta gira. La madrileña más americana (o viceversa) trajo segundo álbum en formato quinteto, con su hermana en los coros. Unas canciones compuestas en un tópico motel gringo de carretera y que, bendecidas por Gary Louris, han permitido que Natalia García Pozas se mida con The Jayhawks, Rodney Crowell y Emmylou Harris nada menos. Un aperitivo exquisito en ese cruce de caminos en el que el blues, el rock y el country folk tienen salida propia. Entre el acústico y lo eléctrico (a 125V más bien), con unas voces impolutas (a veces recordando la ternura dicción de Melanie Safka) y querencia por los Rompecorazones, Nat creó una confortable zona trotona (con 'People', 'No one compares', 'Desire' o la más briosa 'Ain't no blues') previa a la llegada de la tormenta. "Tocar en Granada es una pasada", dijo. Luego sería invitada a cantar 'Cruzando el paraíso' por el Jefe, con fallo de micro incluido, solventado con la espontaneidad de los grandes profesionales: una risa y adelante sin parar.


Un concierto tamaño grande de Sanz y su cuadrilla es una sesión huracanada de rock con todo "lo que hay que tener", que diría Tom Wolfe. Y más con esta suerte de "grandes éxitos" en gira. 'El Creyente' llevaba un guión distinto para ser grabado a modo de cierre de etapa, pero ahora no hay servidumbres (empezando por él mismo, que liberó la "sin lengua": "Hace quince años los fantasmas del siglo XX parecían volver; ya están aquí") y cada uno de los ítems son explosiones de comunicación. Está todo el Loquillo que busca su parroquia, con las canciones de "cuando fueron los mejores" y las de ahora, cuando lo siguen siendo. El Loquillo poético, el rebelde, el patillero, el macarra de los coches de choque, el señor afrancesado de sastre, el de los asientos traseros de eskay mirando desde el rompeolas la ciudad de las mujeres... Y los otros también. No es la acústica de este gigante polideportivo la ideal para escuchar música amplificada, pero da igual, los himnos compartidos rebotan en su reverberación cavernaria y una letanía emocionada rellena el éter de un Palacio, tomado esta vez por el pueblo del rock and roll.


La banda de Loquillo, de tan rodada, parece automática. El patrón cambió con los años flexibilidad por aplomo y pasión, manda con levísimos guiños o muecas y la tropa se asoma al borde del escenario viniéndose encima de la primera fila, empujan cada tema y se nota la presión física en mitad del pecho. Con tres guitarras en formación: una con un enorme feeling glamuroso enseñando piernas, la otra puro todo-terreno, y la tercera con el rocanrol tatuado en el antebrazo, no hay forma de resistirse al ataque. Al otro lado "nuestro" Alfonso Alcalá bombea su bajo cardíaco y el habitual Laurent Castagnet no falla pegada. En medio, Loquillo ejerce de Loquillo, enhiesto, con la raya soldada en el pantalón y su porte de estar de vuelta de casi todo. Un papel que lleva cuarenta años representando y se confunde ya con él mismo. Es el "Capo di tutti capi" al que presentar los respetos en forma de aplausos.


'En las calles de Madrid', 'Channel, cocaína y Dom Perignon', 'El hombre de negro', 'Quiero un camión', 'Esto no es Hawaii', 'Rock & Roll Star', 'Cuando fuimos los mejores', 'El final de los días', 'Mi calle', 'Feo, fuerte y formal', 'Cadillac solitario'... Es decir, sesenta años de música popular española. Bautizado y confirmado: sigue siendo el rey.

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