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E.E.U.U.
Director: Lee Tamahori
Intérpretes: Samuel L. Jackson, Ice Cube y Williem Dafoe
Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, Rob Cohen y el armario empotrado Vin Diesel hicieron Triple X tras el éxito del sleeper A todo gas. Nacieron dos mitos del cine basura contemporáneo. Se trataba de actualizar el mito del agente secreto, impuesto por la serie Bond, y crear un nuevo héroe internacional desde un macarra, un chulo de discoteca de verano nacido en el Bronx, con tatuajes por todo el cuerpo y soltando frases lapidarias con la contundencia de Stallone en sus mejores filmes de acción. Ganaba la calle y perdía el celuloide. La segunda parte nace como necesidad del cine industrial después de la taquilla obtenida en la primera y de todos los alquileres de vídeo club. Así surge Triple X 2: Estado de sitio, sin Diesel, con Samuel L. Jackson, sin Cohen y con mucho morro.
El arranque ya marca el espectáculo. Una larga secuencia de fuegos artificiales en menos de diez minutos nos ofrece la estupidez desequilibrada que supone esta cinta. La formación del guión es una de las simplezas que se esperan del cine serie B de la gran industria. Frases contundentes, aunque arranquen el delirio de los espectadores, y sobredosis de explosiones y adrenalina son los elementos ha seguir para que el público menos exigente se siente en su salsa. Y, sobre todo, el rizar el rizo argumental. ¿Es un guionista quien ha escrito esta historia sobre un golpe de estado en el Capitolio?, ¿En qué pensaba el escribiente, que no escritor, cuando son los macarras y chorizos son los que salvan el país?, ¿Tan fácil es acceder al Capitolio y al Presidente?. El circo está servido con el más difícil todavía y al espectador le duelen los ojos.
La dinámica relampagueante del vídeo clip y un montaje que deja un puñado de miles de planos, que no dan tiempo a definirse, ponen la estética necesaria para esta bazofia fílmica. Triple X 2 tiene de todo para ser un subproducto juvenil: maniquíes atrayentes como figurantes, ropas mínimas para las chicas y camisetas ajustadas para los chicos, coches tuneados con motores espectaculares y ese desfase es un guión con palabras que salen de la evidente rudeza de unos personajes planos. No tiene honestidad ni sinceridad alguna. Y para colmo la protagoniza Ice Cube, un rapero hierático que desentona en cada una de las secuencias. Con la estructura de una película del agente 007, esta cinta entra directamente en el mundo de lo irreal de una forma idiota y sin sentido, propia de la industria. Otra estafa cinematográfica que se apoya en los deseos de gente que no son nadie y pagan como todos.
Rafa Rus
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