|

Director: Wes Craven
Intérpretes: Rachel McAdams, Cillian Murphy y Brian Cox
Wes Craven utilizó hemoglobina y tripas sueltas para componer el cine de terror de los ochenta, siempre dispuesto al no va más del susto para espectadores quinceañeros que buscan emociones fuertes. Harto de dar vueltas a su Freddy Krueger, volvió a abrir el tarro de las esencias malditas para la resurrección del nuevo cine de terror de los noventa, al que se ha dado en llamar gore light, para meter el género en las entrañas de la industria y hacerlo populista gracias a su descarriada saga Scream. Tras unos años pensando su regreso, volvió con Cursed y seis meses después con Vuelo nocturno, donde se sale del género puro del terror para adentrarse en un thriller inquieto. La historia cuenta los momentos de mal rato que tiene que aguantar una chica en un avión cuando sabe que su padre está en peligro de muerte.
Lejos de la sangre y recogiendo las viejas fórmulas del thriller de finales de los ochenta, Craven se compromete a dar el máximo de giros posibles a la historia para sorprender al espectador. Demasiadas. Tantas que se pierde la distancia entre el público y los inexistentes personajes con una historia que se pasa de rosca en sus poco más de ochenta insoportables minutos, a los que les sobra la inmensa mayoría. Un argumento de difícil creencia, absurdo y liante a más no poder, que se hace acompañar de impresionantes diálogos de parvularios y una dirección plana, acorde con la línea general. Vuelo nocturno es una basura de género donde impera la negligencia de sus elementos, incluidos actores.
Para más pesadilla, la estética resulta forzada. Vuelo nocturno es carne de cañón para las estanterías de vídeo clubes que esperan a clientes despistados que alquilan al sonido de su título. Un intento baldío de hacer de la intriga un mete y saca sin orden, creyendo que esa es la mejor fórmula para impactar al pagador de una entrada de este arte roto. Ante este panorama de necedades e innecesarias puestas en escenas recargadas, a pesar de la absoluta sencillez que parece imperar en el argumento, Craven pincha en la formación de este thriller que se sale de la norma del currículo de su director. Las páginas escritas por el género de susto han dado paso a segundas partes y a revisiones generacionales que no llegan a ningún sitio. Ahora, al intentar el cambio de género, el patinazo se hace latente.
Rafa Rus
|