|

EE.UU. Director: Joe Johnston Intérpretes: Viggo Mortesen y Omar Sharif
Tras su paso por la kilométrica trilogía de El señor de los anillos, Viggo Mortesen ya puede permitirse el lujo de protagonizar películas industriales con solvencia. Atrae a las masas. Por eso se estrena a bombo y platillo Océanos de fuego, que lleva un título con más carácter en su original, Hidalgo. La cinta narra las peripecias del cowboy Frank Hopkins, que tiene la oportunidad de redimirse gracias a una carrera de travesía a caballo cruzando cinco mil kilómetros por las arenas del desierto. El calor y la falta de agua no son los únicos escollos que se encontrará.
Con el dichoso cartelito de basado en una historia real, el director Joe Johnston ha forjado una historia de casi hora y media donde sobra metraje por todos los lados, donde el espectador se ve obligado a abandonar mentalmente la película en algún momento. Demasiado metraje para tan poca chicha. Con una estructura cargante y todo lo necesario para que se pierda el espíritu de aventura en un avance argumental demasiado flojo y poco sincero, Océanos de fuego es el ejemplo claro de artificialidad, de densidad narrativa dentro de esa agilidad industrial y de estética rebuscada en secuencias que piden algo de visceralidad, donde la imagen prevalece sobre la narración e incluso sobre el argumento. Secuencias innecesarias y la utilización de efectos especiales, en una cinta donde debe prevalecer el naturalismo, generan un filme prefabricado que deja el género aventurero bajo mínimos.
Océanos de fuego es un producto de diseño que la gran industria genera desde sus despachos para vergüenza de este arte. El clasicismo se pierde, la aventura se desvirtúa y el romanticismo de estampa salta a la vista. Una epopeya de caballos y decorados naturales que no resisten a la formación artificial ni a un montaje penoso. Un filme que aburre y desespera. Una mezcla extraña de western y aventura que no sabe limitar sus recursos y se vuelca en secuencias puntuales fabricadas sobre la base de informática y la exageración. Un maldito equino que vence a todos los pura sangre y hace monerías de cara a los incautos espectadores no da de si para el relleno de tanto metraje. Estos americanos se relamen y se gustan, pero a nosotros no nos pasa lo mismo.
Rafa Rus
|