|

Directores: Aaron Blaise y Bob Walker Animación
La factoría Disney se encuentra a punto de desaparecer. Está en las últimas. Han tenido que echar a los mejores dibujantes, Eurodisney cerrará sus puertas si continúan las previsiones, el nieto de Disney, último valuarte de la familia, ha abandonado en barco y, lo que es peor, la Pixar y John Lasseter, que alimentaban ellos solos a casi toda la factoría, también han cogido la puerta. Los días están contados. Entre tanta desgracia se estrena Hermano oso, un filme menor de la factoría como los han sido todos durante los últimos siete años. Lo cierto es que la naturaleza le va bien a Disney y Hermano oso está funcionando en taquilla. Puede ser el último coletazo de un monstruo que se niega a morir.
Las fórmulas siguen siendo las mismas, con alguna variante: Lección de humildad, personajes inferiores que dependen de otros que son superiores y secundarios cachondones. Es de alabar que estos últimos se encuentren como pareja esporádica de alces y no sigan en todo momento la trama. Un acierto que les da mordiente. Un par de canciones, esta vez de Phil Collins, como en Tarzán, y ha realizar el producto edulcorado que siempre ha fabricado, aunque esta vez con corrección en el dibujo. Pero este Hermano oso sigue sin tener mordiente, sin interesar demasiado. La vertiente escogida es de road movie que se soluciona en una cancioncilla. A partir de aquí caen en lo insulso, en el desenlace esperado en la repetición de axiomas que se encaminan a lo que cualquier niño demanda.
La dirección seguida por la Disney, en lo que puede ser el fin, rezuma incongruencia, aunque con cierta disciplina y acierto al no salirse de la norma de la casa como se había hecho en los últimos largometrajes. El resultado final de esta revisión de la leyenda india se sitúa lejos del fallido intento de dar un giro inesperado a la línea trazada por los cuentos clásicos. Ahora hemos entrado en la sección de la Disney que magnifica los personajes, pero donde sus protagonistas carecen de sustancia. La factoría se hunde. Llega el fin, pero no es culpa de los animadores, sino de esos descerebrados con chaqueta y corbata que mercadean con los sentimientos, cuando éstos deben partir del corazón.
Rafa Rus
|