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EE.UU.
Director: Zach Braff
Intérpretes: Zach Braff, Natalie Portman,
Ian Holm y Peter Sarsgaard
Hace tiempo que el movimiento independiente dejó de llevar un camino compacto en Estados Unidos para quedarse, a mediados de los noventa, en muestras esporádicas de algún joven realizador que despunta. Inmediatamente es tentado por los dólares de la gran industria. Pero por ahora Zach Braff puede sentirse orgulloso. Su película, Algo en común, traducción de Golden State, ha traspasado barreras y se toma como referencia. La cinta narra la angustia eterna de un muchacho que se pasa el día medicado. Conoce a una chica, con carencias psíquicas y afectivas, más ida que él. Unos días en el pueblo natal les llevarán a conocer la lucidez de la sociedad a través de sus propias experiencias.
En Algo en común no hay ni un solo personaje sin problemas. Todos son pequeños frikies, alocados que entienden la vida de manera diferente. Por eso nuestros protagonistas majaretas se encuentran en un marco donde nadie les entiende en el plano cinematográfico, pero que se produce la identificación con el espectador. En el filme cada secuencia es un mundo, cada situación es disparatada, cada plano tiene un significado. Todo en Algo en común es original: su narrativa, su historia, sus personajes y la forma de descartarse del mundo. Una cinta guerrillera, combativa e insólita.
Contada de una forma fresca, con una historia romántica marcada por las claras diferencias con el cine industrial americano, la cinta se coloca en contraposición a la nueva y devaluada moda de cine pastel. La fuerza de la frescura, ganada en gran parte, por un elenco de actores jóvenes librados de la presión de la sobreactuación, el encasillamiento y la tendencia a tener que hacer de sombra a algún actor que cobra siete cifras de dólares por película, no tapa la excepción que supone todo un mundo ficticio que llega a bajar en intensidad a mitad del metraje.
Pero Algo en común no tiene tapujos fílmicos, dispone de un humor visual único y tiene como cinta matriz a Harold y Maude, por eso huele a Hal Ashby y a la narrativa de los setenta por todas las esquinas del fotograma. No llega a sobresalir, pero transgrede lo suficiente para ver algo distinto y sencillo. Las fórmulas hay que actualizarlas para que no mueran.
Rafa Rus
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