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EE.UU.
Director: Carl Franklin
Intérpretes: Denzel Washington, Eva Mendes y Dean Cain
A Carl Franklin todavía se le puede considerar director de cine, que en los tiempos que corremos ya es un mérito. Comenzó muy fuerte, elogiado por la crítica en su película debut, el drama criminal de bajo presupuesto Un paso en falso. Se convirtió en un premiado realizador con un futuro destacado. Denzel Washington se puso a sus órdenes en una muestra extraña de cine negro con toque clásico y magníficas condiciones que llevaba el título de El demonio vestido de azul. Hasta aquí habíamos conocido a un director en potencia, que sabía dar el tono necesario a cada secuencia. Pero Franklin se decantó por el drama oncológico en Cosas que importan, su tercera película y el thriller de investigación estandar en Toda la verdad. El cine dinero le absorbió. Otro caso más de cómo la industria destroza una carrera. Ahora vuelve con Washintong en otro thriller donde la mentira y las sospechas corren A contrarreloj.
A contrarreloj es su vuelta hacia un cine más negro, cercano a aquel No hay salida que falseaba el género para dar un golpe de efecto. Franklin recurre a copiar, en cierta forma, la fórmula de la intriga y suspense que tan buenos resultados de taquilla dio a finales de los ochenta. Demasiadas coincidencias para revivir en el comienzo del siglo XXI. Sin sobrecarga de acción, lo que es de agradecer, y un guión organizado, la película avanza hacia una trama demasiado previsible. Y es que Franklin parece dominar el thriller pero desvela sus contenidos rápidamente, dejando resquicios e información adicional para el espectador, descubriendo otras bazas para dinamitar el argumento con un giro esperado.
Todo se basa en el dilema y el desarrollo de la investigación, para encauzar al espectador hacia un desenlace final que no tiene salida. A pesar del buen oficio de este director y de su forma clásica de llevar el suspense, en A contrarreloj ha caído en una estandarización, que le resta mérito, pero que se encuentra muy por encima del cine se hace hoy en día. La diferencia de estar dentro o fuera de la industria calibra el nivel de libertad que se tiene a la hora de realizar una película, pero no parece que la libertad sea una característica propia de Hollywood. Quizás sea la única forma de sobrevivir entre devoradores. Atención a la presencia magnética de Eva Mendes, que llega a robarle planos al mismísimo Washington.
Rafa Rus
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