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Texto y fotos: Juan Jesús García
D3: Tormenta de cerebros
A estas alturas sentarse ante a Jorge Pardo es reconocer a uno de los nombres clave en la música popular viva de este país; cuesta mirar hacia ambos lados y encontrar a alguien con ese peso especifico en los últimos... ya cuarenta años: al menos una decena de discos en los que ha soplado son de referencia en nuestra historia sonora y cultural. Por eso, tenerlo al alcance de la mano, además de un placer es un lujo que no por frecuentado se erosiona.
Para algunos D3 es el trío suplente de Jorge cuando descansa de Benavent y Digeraldo. Nada más lejos de la realidad ya que con Roper y Posé goza de una libertad que la presión y la servidumbre estilística constriñen con la otra formación, al menos en sus dos últimas visitas por aquí. Los tres funcionan como las manillas de un reloj, juntos por la base y engranados dentro de una mecánica en la que cada uno cumple con su cometido a la perfección, y al segundo. Es delicioso notar la confianza, la compenetración y el buen tono interno de este triángulo de excepcionales músicos y, se intuye, grandes amigos, que redunda en una estimulante realimentación entre ellos. También aquí Pardo 'desflamemnquiza' algún grado su discurso y según la noche puede retomar el riesgo y la libertad formal de su querido Coleman, como montar (o, más bien, descalbalgar) a Ravel sobre un potro de percusiones o visitar algunas melodías bajadas desde la pantalla del cine.
Formalmente el malagueño Posé está entre los mejores contrabajistas del país en cuanto a pálpito y expresividad, y nadie como el hipnótico Roper para tener detrás con los tambores y sentirse con un seguro de vida de doble airbag (ambos comparten terminaciones nerviosas como si fueran siameses, algo que ya comprobamos en Jazz en el Lago con su trabajo para Iñaki Salvador); pero no siempre la suma supera la adición de las partes como en este grupo, en el que D3 son multitud. Una tormenta creativa de cerebros en la que cada uno añade sobre el vecino en una espiral creativa a la que no se ve el final... Hasta que ("¡cagüenlamar!") paran. Y así cuando empezaron a subirse amigos a tocar y la cosa presagiaba una jam infártica, decidieron retirarse a sus aposentos. Una lástima que no fuesen todavía las tres de la mañana para cambiar la hora del reloj y poder volver empezar.
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