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Texto y fotos: Juan Jesús García
Jerry González: El Pirata en el lago
El nuevayorquino Jerry González cerró el viernes 4 de julio la primera de las dos noches del Festival Jazz en el Lago de Atarfe. El bautizado por Fernando Trueba como el "último pirata del Caribe" asomaba en versión grande tras dejarse ver por aquí este año casi como un vecino más en distancias menores. Y como el tamaño sí importa, dejó un concierto proporcional a la anchura del escenario, con las dos pantallas laterales incluidas: enorme.
Antes de comprobar el excelente piquete que ha armado el del Bronx, estuvieron Funklab, un sorprendente cuarteto catalán a mayor gloria del 'retro-Hanckismo'. Su primer disco se llama 'Spanish wahawha' y rememora la época en la que el jazz eléctrico se bailaba en las discotecas sobre plataformas de diez centímetros. Con una impecable exactitud y el saltarín sonido de teclados que ya usaran Deodato, Hancock y hasta S. Wonder, Funklab rememoran el sonido de los setenta con el matiz actual de la repetición que tanto gusta ahora en la cultura de club y un distanciamiento, perdón por el palabro, muy 'cool'. Atención al jovencísimo tenorista Gabriel Armangant, que toca del derecho y del revés. Su concierto casi 'de tributo' terminó con un 'Camaleon' del maestro Herbie.
González estuvo a punto de ser sustituido al borde de una 'espantá' en toda regla, pero dio señales de vida y apareció sentado sobre la hora justa para poder tocar. Y lo hizo con un grupo no anunciado, ya que al lado de su escolta (y voz de la conciencia) 'Caramelo' de Cuba, presentó a otros dos isleños: Leonardo Ángel (Alfa Blondy, Síntesis, Afrocuba...) y Reainier Elizarde (Puppi, Maraca, Chucho...) que se entienden con el 'pirata' como si fuesen hermanos de la calavera. Tremenda la banda señores, de las que se realimentan entre ellos mismos (ya en los camerinos mientras actuaba Funklab estaban dándole a los cueros para coger temperatura) y consiguen que la suma sea multiplicación; hablamos por ejemplo de un Javier Massó atómico y un Jerry González crecido y con un día a la altura de (la parte genial) de su leyenda: letal con la trompeta, muy imaginativo con el con el fliscorno y crepitante con las congas. Comenzaron con sus habituales evocaciones al galáctico mundo sonoro de Monk para terminar con la clave a todo trapo y todo el público (unas 1500 personas) pidiendo más. De haber estado allí Cortazar se hubiese arrancado con las maracas. Seguro.
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