|

Texto y fotos: Juan Jesús García
Maui y Los Sirénidos: Gracia y cotidianidad
Maui y los suyos tocaron la noche de San Valentín en el Planta Baja, y lo llenaron. El combo granadino está en un momento de buena esperanza: su disco ha pasado al catálogo de 18 Chulos (Krahe, Wyoming, Cigala...) y por lo que se ve han saltado la barrera de Despeñaperros con buena fortuna. Lo de San Valentín, el invento de Galerias Preciados, va que ni a propósito para una cantante que comienza arrobada confesando que se "muere de desamor". Y es que, además del encanto pícaro y juguetón de su solista, las letras del grupo son de una sinceridad cotidianidad tan doméstica que los Sirénidos serían capaces de hacer una carrera entera con las cosas que pasan en moderno minipiso de treinta metros cuadrados, a fin de cuentas lo mismo que en una mansión y además más juntos. Un punto de vista concéntrico que comparte con Kiko Veneno y la extremeña Bebe, para los que las pequeñas cosas son un mundo. Algo que las hace muy compartibles porque la mayoría de nuestro paisaje emocional se escribe con minúsculas.
Maui mantiene su colaboración con El Puchero del Hortelano donde pone el chelo y los coros, y ellos le prestan a Pablo y a parte de la nómina en ocasiones para nutrir a los Sirénido; Alfonso Jiménez y Ramón Marchena en las guitarras y el ubicuo Pancho Brañas (lo suyo es divino: está en todas partes; el día que lo haga a la vez se pude retirar a hacer milagros) completan el paisaje del grupo en versión pequeña, contando al fondo como palmero y corista con la participación de su padre, antiguo miembro del grupo de fugaz éxito Los Centellas.
Su trabajo se mueve entre un cruce de caminos estilísticos más frecuentado que el kilometro cero. Pueden salir swingueando para enrabietarse roqueramente, mover las caderas por clave cubana, contagiar la intermitencia rítmica jamaicana o volver una y mil veces al flamenco más festero, que resulta ser el engrudo con que se sostiene sus estilo, música, canciones e intenciones. El único pero que admite lo escuchado es que (aparte de la hora larga de retraso, pero eso es obviamente anterior a escucharlos) hay veces en el que su bosque es tan frondoso que no permite ver los árboles, y hay temas que van difuminando su complicidad en perfiles sinuosos y tan revueltos a veces que cuesta no marearse en sus curvas. Nada que el tiempo y mil conciertos al año no puedan pulir. Y no te mueras mujer.
|