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Texto y fotos: Juan Jesús García.
Jerry González: Un pirata en el Planta.
"El último pirata del Caribe" Así describe a Jerry González el director de cine Fernando Trueba en su cinta 'Calle 54'. Por cierto, siendo el único de los músicos del programa que hace dos apariciones en el montaje definitivo. Sin embargo el "nuyorican" vive en un mundo propio, muy apartado de los estereotipos del latin jazz más convencional, se percibe en la película de Trueba y mucho más delante de su concierto.
Un concierto que de los que dejaron el Planta Baja sin papel en la taquilla, sin aire en la ventilación y donde se echó mucho de menos la proyección mural que antes se hacía de lo que ocurría en su bajo escenario. Sobre todo cuando tipos como González son reconcentrados músicos que no tienen sentido del espectáculo más allá de las dolorosas notas que salen de su trompeta.
A diferencia de la mortecinamente sublime actuación que dio en el Festival de Jazz hace unos años, González parece empujado por los nuevos compañeros que tiene en escena: el Piraña y el monstruoso Alain Pérez, ambos habituales de Paco de Lucía, que con Caramelo de Cuba en los teclados conforman su banda de 'piratas del flamenco', en cierta forma obligando a Jerry a sacar lo que lleva dentro y que a veces le cuesta tanto echar fuera.
Con 90 minutos de retraso, habida cuenta de que llegaron desde Cádiz muy tarde, Jerry y los suyos asomaron por el escenario cuando el límite de la paciencia estaba a la vista, pero reconvirtieron la ansiedad de la espera en receptividad, calor humano hasta fragor de aplausos. Merecidos ante una banda que fue ajustando sonido sobre la marcha engranando la marcha larga de la rumba para arrebatar al público.

En el segundo pase apareció el saxofonista habanero Nardy Castellini, pero para entonces ese encuentro entre jazz y flamenco, vía guaguancó que anunciaba en una entrevista "voy a preparar la segunda parte del 'Sketches of Spain' desde dentro, desde le flamenco de verdad, porque Miles y Evans se inspiraron en un disco de semana santa sevillana" era ya un concepto cierto. Y si las estructuras monkianas son los suyo, hechas realidad a través de las cortantes y estremecedoramente contenidas formas del Miles con sordina, Jerry se dejó en llevar en volandas tanto por sus compañeros como por la receptividad del público, que a un metro de distancia retroalimentó el concierto hasta hacerlo memorable.
Sonó lógicamente Miles, también Hanckock, rumbeó el bolero 'Obsesión', recordó a Ron Carter (un bajista al que él enseñó el embrujo de la clave) en '81', sigue teniendo al Ellington de 'In a sentimental mood' como faro para los valles y se despidió por Cole Porter ('Love for sale') en plena descarga de percusión. Un concierto difícil de olvidar.
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