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Texto y fotos: Juan Jesús García.
The Crüxshadows: Negro amigo.
Los Crüxshadows deben ser los tipos más raros de la soleada Florida, de palmeras, bermudas, camisas floreadas y guardianas de las playas. Reyes de la dark wave, con corona capilar incluida y de incómodo negro riguroso para las temperaturas que tenemos, el grupo estadounidense, en cambio, dejó en su presentación granadina un concierto perfecto en formato e intenciones.
Retomando el sonido de los viejos nuevos románticos, las bases de las electrobandas británicas de los ochenta, con unos cuantos chorros de spray de telarañas mentales y cierto aliño esotérico añadido, el cuarteto-sexteto tras dos horas largas de actuación supo a poco, incluso para los ajenos a su música o su filosofía. Las gentes oscuras salieron de sus madrigueras para no faltar a la ceremonia añadiendo además colorido (negro, por supuesto) y mucha imagen al espectáculo.
Y es precisamente espectáculo lo que este grupo ofrece. Desde las esquinas con dos coristas contorsionistas, una violinista flotando por el escenario sobre unas gigantescas plataformas, (mitad Cruela de ville mitad Campanilla), dos músicos en los teclados, bases y guitarras, y un cantante-agitador, incansable y capaz de todo (desde saltar al foso y cantar los temas personalmente a las chicas del lugar a hacerlo subido en una banqueta o en la barra de avituallamiento). El equipo de luces sencillo pero muy efectivo con pequeños detalles de fuego y los habituales telones de fondo terminaron por ambientar la oferta.

Una voz catacúmbica a lo Vince Price introdujo la leyenda de 'Anabel Lee' de Poe con la que salieron a escena. La precisión de las maquinas garantizaron el sonido impecable y la pegada ventral de las bases de ritmo. Sus canciones son melódicamente muy sencillas y sus ritmos maquinales invitan imperativamente al baile. La violinista aporta un toque untuoso y decadente mientras que el vocalista es el encargado del matiz dramático, que borda, por ejemplo en la épica 'Decepcion' y en la pop 'Eurydice'. Perfección imperfecta ya que un apagón los dejó mudos a mitad del concierto, momento en el que Rogüe hizo frente a la situación a capella, interpretando a pleno pulmón algo tan ajeno a ellos en tiempo y espacio pero tan eufórico como el 'White rabit' de Jerfferson Airplane: el show no se puede parar. Y el público se lo agradeció con un silencio absoluto y un aplauso estruendoso.
Hicieron dos bises pero pudieron haber hecho más, todos los que quisieran o pudieran, y luego se bajaron a charlar con su gente, que un rato antes había invadido pacíficamente el escenario para bailar con ellos. Nunca el negro había sido un color tan amigable.
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