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Texto
y fotos: Juan Jesús García.
Los
Piojos: Picor blanquiceleste
Absolutamente desconocidos en España, donde apenas se encuentra algo de su discografía publicada, y capaces de llenar estadios de 50.000 entradas en su país, Los Piojos andan de gira por aquí entre la indiferencia más absoluta del aficionado local y el delirio de la colonia argentina aquí establecida. Apenas algún nativo andaluz, camareros aparte, era la excepción en una sala abundantemente nutrida con proliferación de camisetas de fútbol blanquiceleste y multitud de carteles de ánimo y, a la vez, de identificación en la distancia. Público que se había desplazado de toda Andalucía a pesar de ser domingo por la noche, y sumaban una cantidad muy superior a la que acude al mismo sitio para consagrados tipo Loquillo, Barricada o Siniestro Total. Además, cuyo comportamiento difícilmente tiene parecido con el de por aquí ya que entrega tan absoluta, incondicional y completa no suele ser frecuente acá, como tampoco la manifestación tan extrovertida de alegría o la ostentación tan jubilosa de colores patrióticos. Todo un espectáculo.
Los Piojos no se escapan al adorable denominador común de los grupos de aquel país, con una historia riquísima en lo que afecta al rock and roll: el regusto por la melodía. Con doble percusión y tres guitarras por banda, bajo y teclados, el grupo pude atacar cualquier forma sonora, y lo hacen, desde el rock and roll más clásico, blues, tango (nada menos que una adaptación del 'Yira-yira' de Discépolo), reggae o desarrollos hard y casi sinfónicos, que la ausencia de complejos y servidumbres es otra característica de los músicos porteños, capaces de todo. Ni que decir tiene que el público se las sabia y cantaba todas, alguna como letanía litúrgica a capella en ausencia del grupo y otras hasta antes de empezar a modo de coro de bienvenida. Piezas empaquetadas en formato pop en las que el grupo se da relevos ya que, además del solista principal, todos cantan, lo que permite armonizar los temas de muy diversas maneras ahuyentando cualquier atisbo de repetición. A unos oídos españoles Piojos puede recordarle buena parte de las formaciones de powerpop de los años ochenta, cuando una buena melodía valía su peso en oro y las canciones intentaban que todo el año fuera sábado noche, "entrañable chaval -como cantaba el bonaerense Moris- porque la vida está bien aunque el mundo esté mal". Filosofía de supervivencia intemporal e internacional que los Piojos también trasportan entre continentes como una plaga de optimismo picajoso. Y mientras hay picor, hay vida.
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