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Argentina - España
Director: Adolfo Aristarain
Intérpretes: Juan Diego Botto, José Sacristán y Susú Pecoraro
Uno de los mejores directores de Argentina, Adolfo Aristarain, lleva coproduciendo sus películas con Madrid desde La ley de la frontera, dejándose la piel en dos de las mejores películas españolas de los últimos años, Martín (Hache) y Lugares comunes. El afán de libertad es lo que mueve a Aristarain en la mayoría de sus filmes, pero también el alto precio que hay que embolsar. Por eso, el director argentino, siempre tiene presente su país y todo aquello que sus habitantes tienen que pagar por los errores de unos pocos, ya sea la crisis del corralito o la dictadura.
Aristarain, como es habitual, lo cuenta a través de personas extraordinarias pero reales, sacadas de su generación. Esta vez el escritor que se ve obligado a redactar su autobiografía al lado de un joven que le recuerda su juventud e, incluso, a su infancia, como realza el título de la película que coincide con el nombre de su madre, Roma.
En Roma, Aristarain vuelve ha realizar su cine, un ejercicio de poesía filmada, un relanzamiento de las personas que llegan antes al corazón que los efectismos baratos. Las relaciones humanas de unos personajes muy marcados y genialmente definidos necesitan sencillez, pero elegancia, en la realización y, sobre todo, maestría con la pluma. Con el mínimo e imprescindible número de personajes, el genial realizador argentino se adentra en la realidad social de un país resquebrajado a través de una simple historia de vejez, sin mostrar excesivamente el genocidio dictatorial sufrido en el país gaucho. Treinta años de historia (desde los cincuenta hasta los setenta) donde el devenir del personaje marca el sentir de la nación. Otra vez vuelve a rescribir ese viejo intelectual huraño que vence y convence con la palabra, que arremete y ama con una conversación. Y para poner eso en escena es único Aristarain, que vuelve ha hacer realidad esos desheredados de la sociedad que se buscan entre ellos y se encuentran así mismos a través de la ilusión, los ideales y la literatura.
Con esos diálogos tan redondos en la pantalla y el impresionante quehacer de José Sacristán no hace falta engañar. Sin estridencias ni barroquismos, Aristarain forma un complejo entramado de relaciones humanas. El sentimiento no tiene precio y es eso lo que muestra, sin necesidad de un sensacionalismo de relumbrón, este director argentino. Los guiones de este plasmador humano parecen sacados de los retorcidos pensamientos de la mente. Él habla con la mirada, con la palabra y, sobre todo, con el corazón.
Rafa Rus
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