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Texto y fotos: Juan Jesús García.
Tangerine Dream: Un paso adelante
Gigantes de la música de los dos últimos siglos, ver a Tangerine Dream en directo fue un sueño hecho realidad para varias generaciones de seguidores de la música electrónica. Ellos y Kraftwerk, o lo que es lo mismo Berlín y Düsserldof fueron las factorías donde se gestaron los patrones de la música pop realizada desde la tecnología, y aún siguen plenamente vigentes, acaso más que nunca, sus enseñanzas.
Con más de setenta discos publicados, de los que al menos una treintena son bandas sonoras, Edgar Froesse, patrón mayor de esta formación, es un mago de los sonidos de síntesis, tanto como de su puesta en escena: una docena de discos de Tangerine Dream son en directo (tres en 2003-4: desde Francia, Australia y USA).
El diseño de música electrónica que este veterano alquimista de los sintetizadores realizó sobre todo durante los años setenta ha inspirado a monstruos comerciales como Vangelis o Jean Michelle Jarre y, en fin, también a la parte más 'govinda' de la new age o las manoseadas ya terapias de chillout.
La creación de capas superpuestas de sonidos horizontales que hicieron célebre su música gaseosa, mentalismo sonoro que aspiraba a ampliar las puertas de la percepción desde los sintetizadoras no parece que le interesen ya gran cosa, al menos en concierto. En formato de trío, con su hijo Jerome y la formidable percusionista Iris Cammad, los Tangerine Dream de ahora mismo discurren por caminos mucho más físicos y angulosos.

De las infinitas ramificaciones de la música electrónica contemporánea Froesse se arroga, por derecho obviamente, poder de utilizarlas todas, desde los ritmos ultrabailables a los pasajes industriales más violentos o los desarrollos progresivos. Máquinas desatadas que tienen en la percusionista una fuerte toma de tierra, un centro de gravedad humano y hasta mundano cuando suenan las darboukas o las tumbadoras.
Amigo de los light shows que apoyasen la recepción sonora, Froesse trajo un sencillo espectáculo luminoso, siempre a contraluz, de tonalidades desde frías hasta gélidas, que con los ordenadores de azul neón, sugerían una inquietante atmósfera de ciencia a ficción muy coherente con los sonidos sintéticos de sus imperativas programaciones. Ambientación perfecta para que piezas como 'Time Square dreams' o ' The Messenger', en la recta final de su concierto, resultasen experiencias sobrecogedoras. Cuando los ordenadores han facilitado la divulgación (y la vulgarización) de la música inorgánica, los inventores del asunto siguen estando un paso por delante de los demás.
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